El apartamento 3B

El calor de las dos de la tarde entraba por las persianas del apartamento 3B y se quedaba atrapado en la sala. Teresa llevaba un rato sentada cerca de la ventana, moviendo lentamente un abanico de madera y tela que tenía desde hacía tantos años que ya no recordaba quién se lo había regalado. A sus ochenta y tres, sabía que aquella tarde sería larga.

Sobre la mesa había un vaso con agua, medio vacío. En la repisa, entre dos macetas pequeñas, estaba la fotografía de Humberto. Teresa levantó la vista hacia ella.

—Tú sí que estás fresco ahí —murmuró.

Sonrió apenas. Humberto llevaba tres años muerto, pero en la fotografía parecía mucho más joven. Tenía el cabello todavía oscuro y esa forma suya de sonreír sin enseñar los dientes. Teresa había pensado varias veces en guardar el retrato, aunque nunca lo hizo. Habían pasado demasiadas cosas juntos para esconderlas en una gaveta.

Estuvieron casados durante años. Después llegaron las discusiones, los silencios cada vez más largos y, finalmente, la separación. Ninguno hizo demasiado ruido. Cada uno siguió su vida hasta que Humberto enfermó.

Una noche sonó el teléfono.

—Teresa...

Ella reconoció enseguida algo distinto en su voz.

—¿Qué pasa?

Hubo unos segundos de silencio.

—No puedo solo.

Teresa cerró los ojos. A la mañana siguiente hizo una maleta.

Durante casi dos años volvió a compartir con Humberto aquel apartamento. Preparaba comida cuando él conseguía comer, organizaba las medicinas, cambiaba las sábanas y se levantaba de madrugada cuando lo escuchaba moverse en la habitación. Algunas noches hablaban del pasado. Otras se quedaban en silencio.

Poco antes de morir, Humberto puso el apartamento a nombre de Carlos, su único hijo. También dejó por escrito que Teresa tendría derecho a vivir allí mientras quisiera.

—Quiero saber que vas a tener tu casa —le dijo una tarde.

Teresa no respondió. Le acomodó la almohada y siguió sentada a su lado.

Después del entierro, Carlos empezó a visitar el apartamento con más frecuencia. Al principio preguntaba si todo estaba bien. Con los meses dejó de hacerlo.

—Los gastos del condominio volvieron a subir.

—Lo sé.

—Tienes que darme el dinero antes del día cinco.

Teresa procuraba tenerlo preparado. Carlos recibía el sobre, contaba los billetes y se marchaba. Un día, sin embargo, se quedó mirando alrededor.

—Este apartamento es demasiado grande para ti.

Teresa levantó los ojos.

—A mí me alcanza.

—No me refiero a eso. Digo que podrías vivir en algo más pequeño.

Ella no contestó.

Otro mes fue más directo.

—Yo también tengo gastos, Teresa. Este apartamento podría estar produciendo dinero y llevo años sin poder hacer nada con él.

—Tu padre quiso que yo viviera aquí.

—Ya sé lo que quiso mi padre.

Guardó el dinero en el bolsillo y se fue. A partir de entonces, cada vez que Teresa escuchaba sus pasos en el pasillo sentía una presión incómoda en el pecho.

Con la llegada del verano, el calor empezó a apretar. Una tarde, el aire acondicionado hizo un ruido extraño. Teresa bajó la temperatura del termostato y esperó. Como no ocurrió nada, apagó el equipo, contó hasta diez y volvió a encenderlo. Arrancó durante unos segundos y se detuvo.

A la mañana siguiente llamó a Carlos.

—Se rompió el aire.

—¿Estás segura?

Teresa miró el termostato.

—Aquí dentro parece una cocina.

Carlos suspiró al otro lado del teléfono.

—Ahora mismo no puedo meterme en ese gasto. Compra un ventilador y dame unos días.

Los días se convirtieron en una semana y después en dos. A la tercera, Teresa había dejado de dormir en el dormitorio. Por las noches arrastraba una almohada hasta el sillón de la sala y colocaba el ventilador frente a ella.

Dormía a ratos. Durante el día mantenía las persianas casi cerradas, se ponía un paño húmedo en la nuca y bebía agua aunque no tuviera sed.

Una tarde llamaron a la puerta. Era Carmen, la presidenta de la junta del edificio.

—Hace días que no te veo abajo.

—Con este calor no tengo ganas ni de salir.

Carmen entró y se detuvo apenas cruzó la puerta.

—Dios mío, Teresa.

—El aire se rompió.

—¿Desde cuándo?

Teresa cambió de tema. Bastantes problemas tenía ya.

El primer día del mes siguiente, a las nueve y cuarto de la mañana, Carlos llamó a la puerta. Teresa tenía preparado el sobre con el dinero. Lo sostuvo unos segundos entre las manos y luego lo dejó sobre la mesa.

Carlos volvió a tocar.

Teresa abrió la puerta, pero dejó cerrada la reja.

—Vengo por lo del condominio.

—Lo sé.

Carlos extendió la mano entre los barrotes. Teresa no se movió.

—No voy a darte el dinero hasta que resolvamos lo del aire.

Carlos retiró la mano.

—¿Cómo que no?

—Llevo tres semanas durmiendo casi sentada.

—Te dije que compraras un ventilador.

—Tengo uno.

—Entonces úsalo.

Teresa lo miró. Las manos le temblaban, así que las escondió detrás de la espalda.

—No, Carlos. Así no.

Él se acercó a la reja.

—Mira, Teresa, no compliques las cosas. Yo también tengo problemas y gastos. El apartamento está a mi nombre.

—Y tu padre dejó escrito que yo podía vivir aquí.

Carlos soltó una risa breve.

—Pues deja de pagar y veremos cuánto dura eso. Tienes hasta el viernes. Si no arreglamos esto, vengo con la policía y sacamos tus cosas.

Teresa sintió que se le secaba la boca.

—¿Me estás amenazando con echarme?

—Te estoy diciendo cómo son las cosas.

Carlos se dio la vuelta y caminó hacia el ascensor. Teresa cerró la puerta y permaneció apoyada contra ella hasta escuchar que el ascensor bajaba.

Después fue hasta el sillón y se sentó. Miró el teléfono, pensó en llamar a alguien y se dio cuenta de que no sabía a quién.

Entonces levantó los ojos hacia la repisa. Humberto seguía allí, dentro del marco plateado.

Durante casi dos años ella se había levantado de madrugada cada vez que él la necesitaba. Cuando no sabía qué hacer, había pedido ayuda a médicos, enfermeras o vecinos. Nunca se le ocurrió pensar que hacerlo la volviera menos fuerte.

Ahora era ella quien tenía miedo.

Teresa se secó la cara con las dos manos, tomó las llaves y salió del apartamento. Carmen vivía un piso más abajo.

—Necesito hablar contigo —le dijo cuando abrió la puerta.

Carmen la hizo pasar y Teresa se lo contó todo. No exageró, pero tampoco buscó excusas para Carlos.

Cuando terminó, Carmen permaneció unos segundos en silencio.

Dos mujeres mayores sentadas a una mesa de madera revisando documentos legales y carpetas con expresión seria y atenta.

—¿Tienes los documentos que dejó Humberto?

—Sí.

—Búscalos.

—Carlos dice que va a venir con la policía el viernes.

—Que venga.

Teresa la miró alarmada.

—Carmen...

—Escúchame. Una cosa es que el apartamento esté a su nombre y otra que pueda sacarte de aquí porque se le antoje. Si Humberto dejó por escrito tu derecho a vivir en la vivienda, necesitamos saber exactamente qué dice ese documento.

—¿Y si aparece con la policía?

—No vas a discutir con nadie. Enseñas tus papeles y pides asesoramiento. Y si hace falta buscar un abogado, lo buscamos.

Teresa bajó la mirada hacia sus manos.

—No quiero problemas.

Carmen se inclinó hacia ella.

—El problema ya está en tu puerta, Teresa. Fingir que no está ahí no hará que desaparezca.

El viernes, poco antes de las diez, llamaron al 3B. Teresa estaba vestida desde las ocho y sobre la mesa había colocado una carpeta con los documentos de Humberto. Respiró hondo y abrió.

Carlos llevaba otra carpeta bajo el brazo.

—Bueno —dijo—. ¿Qué decidiste?

—Que no me voy.

Carlos la miró fijamente.

—Teresa, no empecemos otra vez.

—No estoy empezando nada. Esta es mi casa mientras el documento de tu padre diga que tengo derecho a vivir aquí.

Carlos dio un paso hacia la puerta.

—Déjame entrar.

Teresa abrió la reja. Cuando Carlos entró en la sala, vio a Carmen sentada junto a la mesa y se detuvo.

—¿Qué hace ella aquí?

Teresa cerró la puerta.

—Le pedí que estuviera conmigo.

Carlos dejó escapar el aire por la nariz.

—Esto es un asunto privado.

—Entonces habla conmigo —respondió Teresa.

Carlos la miró. Quizás esperaba verla bajar los ojos como otras veces, pero Teresa sostuvo la mirada.

—Ayer hablamos con una oficina de asistencia legal —dijo Carmen—. Le recomendaron a Teresa que no firme nada, que conserve todos los documentos y que busque asesoramiento antes de abandonar la vivienda.

Carlos apretó la carpeta contra el costado.

—El apartamento es mío.

—Nadie está diciendo que no lo sea —respondió Teresa—. Estamos hablando de mi derecho a vivir aquí.

Carlos abrió la boca, pero ella continuó.

—Yo cuidé a tu padre porque quise hacerlo. No me debes nada por eso. Pero tampoco voy a aceptar que uses el miedo para sacarme de mi casa.

Carlos bajó la vista hacia la carpeta que estaba sobre la mesa.

—Yo necesito disponer de este apartamento algún día.

—Y ese día llegará cuando corresponda.

Durante unos segundos nadie habló. El ventilador giraba de un lado a otro empujando el mismo aire caliente de la sala.

Carlos lo miró.

—¿Todavía sigue roto el aire?

Teresa tardó un segundo en responder.

—Sí.

Carlos se pasó una mano por la frente.

—Está bien.

Guardó los papeles que llevaba y caminó hacia la puerta. Antes de salir se volvió.

—Voy a ver qué hago.

Teresa no preguntó cuándo.

Dos días después, el domingo por la mañana, una camioneta se detuvo frente al edificio. Carlos bajó una caja grande y la llevó hasta el tercer piso.

Teresa abrió la puerta.

—Compré una unidad portátil —dijo él—. No es la solución definitiva, pero te va a enfriar la sala y el dormitorio hasta que pueda resolver lo otro.

Entró sin esperar agradecimientos. Movió el ventilador, abrió la ventana y pasó casi una hora instalando el equipo mientras Teresa permanecía sentada a cierta distancia.

Cuando terminó, encendió la unidad. Un chorro de aire frío salió por la rejilla y Teresa cerró los ojos durante unos segundos. Hacía semanas que no sentía algo parecido.

Carlos recogió las herramientas.

—Ahí quedó.

—Gracias.

Él caminó hacia la puerta.

—El mes que viene vengo por lo del condominio.

Teresa lo miró.

—Te traigo el recibo —añadió Carlos.

—Está bien.

No hubo abrazo ni disculpas. Carlos salió y Teresa cerró la puerta detrás de él.

Con el tiempo encontraron una manera de tratarse. Carlos avisaba antes de ir, Teresa guardaba los recibos y, cuando surgía algún problema con el apartamento, hablaban sin amenazas. Nunca llegaron a quererse, pero aprendieron a mantener una distancia en la que ambos podían vivir tranquilos.

Mujer de edad avanzada sonriendo con serenidad mientras riega macetas con violetas en flor en el balcón iluminado por el atardecer.
Meses después, una tarde, Teresa estaba regando las violetas del balcón cuando escuchó que el aire acondicionado se encendía. Entró en la sala y miró hacia la repisa. Allí seguía la fotografía de Humberto.

Teresa tomó el viejo abanico de madera que descansaba sobre la mesa, lo cerró y lo guardó en una gaveta. Después regresó al balcón.

Las violetas tenían flores nuevas.

Cuando terminó de regarlas, Teresa entró y cerró la puerta del apartamento 3B. Esta vez no sintió que se estaba encerrando.

Estaba en casa.

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Segundas Primaveras reúne relatos sobre personas mayores de 60 que atraviesan cambios, pérdidas, decisiones, encuentros y nuevos comienzos. Historias cercanas, escritas para disfrutar y reconocernos en ellas.

Mockup del libro Segundas Primaveras, una colección de relatos sobre amor, familia, amistad y nuevos comienzos después de los 60.