Durante casi cuatro años, Samuel ocupó el mismo banco todos los domingos a las diez de la mañana. Estaba al final del parque, bajo un flamboyán cuyas raíces habían levantado ligeramente el sendero.
Desde allí se veía el pequeño lago, una hilera de palmeras y, más lejos, el puente por donde pasaban los ciclistas.
Samuel llegaba caminando desde su casa. Tardaba unos doce minutos y había aprendido a hacer el recorrido sin mirar demasiado el reloj. A sus setenta y dos años ya no tenía muchas razones para andar con prisa, aunque los domingos procuraba llegar a la misma hora.
El banco era de madera oscura y tenía una pequeña placa metálica en uno de los extremos:
“Para quienes todavía saben sentarse sin mirar el reloj”.
Clara había leído aquella frase la primera vez que encontraron el banco.
—Ese lo pusieron para nosotros —dijo.
—Todavía no estamos tan viejos.
—Habla por ti —respondió ella.
Durante años, los domingos comenzaban allí. Clara llevaba café en un termo pequeño y Samuel compraba dos pastelitos en la panadería de la esquina. Ella escogía siempre el de guayaba y terminaba ofreciéndole la mitad porque insistía en que era demasiado grande.
Hablaban de los hijos, de los vecinos, de las facturas y de viajes que casi nunca hicieron. También se quedaron callados durante largos ratos, contemplando el lago o viendo pasar a la gente.
Samuel pensaba mucho en aquellos silencios desde que Clara había muerto. Con el tiempo descubrió que existían muchas clases de silencio: el de una casa cuando se apaga la televisión, el de la madrugada, el que queda después de una llamada demasiado corta.
Ninguno se parecía al silencio que había compartido con ella.
Ese nunca había pesado.
Por eso continuó visitando el banco. Al principio, sus hijos pensaron que era una buena señal.
—Papá está saliendo —decía Laura a sus hermanos.
Samuel nunca explicó que no iba al parque para salir de casa. Iba para regresar, durante un rato, a una vida que ya no existía.
Un desconocido en el banco
Aquel domingo de octubre llegó tres minutos tarde. Cuando dobló por el sendero vio algo que le hizo disminuir el paso.
Había un hombre sentado en su banco.
Tendría su edad, quizás algún año más. Llevaba una gorra azul, una camisa a cuadros y sostenía un periódico doblado sobre las piernas. Samuel continuó caminando con la esperanza de que el desconocido se levantara antes de que él llegara.
No ocurrió.
—Buenos días —dijo el hombre cuando lo vio.
—Buenos días.
Samuel permaneció de pie unos segundos. El desconocido miró el espacio libre junto a él y se desplazó ligeramente.
—Cabe otra persona.
—Ya veo.
Samuel se sentó en el extremo opuesto. Durante varios minutos ninguno habló. Él miraba el lago mientras el otro pasaba lentamente las páginas del periódico.
Sintió una molestia casi infantil que terminó por avergonzarlo. Aquel señor no estaba haciendo nada malo. El banco pertenecía al parque y cualquiera tenía derecho a sentarse allí.
Saberlo no ayudaba demasiado.
—Nunca entendí por qué los periódicos siguen haciendo las letras tan pequeñas —comentó el hombre.
Samuel intentó mantener la vista fija en el lago.
—Debemos ser para que comprendamos espejuelos.
El desconocido soltó una carcajada. Samuel suena sin querer.
—Víctor —dijo el hombre, extendiendo la mano.
Samuel dudó antes de estrechársela.
—Samuel.
Víctor dobló el periódico y lo dejó sobre sus piernas.
—¿Vienes mucho por aquí?
—Todos los domingos.
—Entonces espero no haber ocupado tu oficina.
Samuel lo miró por primera vez con cierta simpatía.
—Algo así.
No hablaron mucho más. Sin embargo, cuando Samuel se levantó para marcharse, miró el reloj y descubrió que habían pasado cuarenta minutos.
Le despertaré. Desde que Clara había muerto, cuarenta minutos en aquel banco solían parecer mucho más largos.
Los domingos siguientes
Una semana después, Víctor estaba allí otra vez. Samuel lo vio desde lejos y sintió una pequeña molestia, aunque esta vez desapareció antes de llegar al banco.
—Llegaste temprano —dijo Samuel.
Víctor miró su reloj.
—O tú tarde.
—Nunca llego tarde.
—Entonces hoy estás ampliando tus horizontes.
Samuel negó con la cabeza. Aquel hombre hablaba demasiado, pensó. Cinco minutos después estaban discutiendo sobre cuál era el mejor café del barrio.
Al domingo siguiente hablaron de béisbol. Después comentaron sobre los médicos que escribían recetas mientras miraban más la computadora que al paciente. Con el paso de las semanas terminaron hablando de los hijos.
Víctor tenía una hija que vivía en pocas calles y un hijo en otra ciudad.
—Mi hija decidió que yo necesitaba vivir cerca de ella.
—¿Y tú qué decidiste?
—Que discutir con mi hija era más agotador que mudarme.
Samuel río. Había algo extraño y agradable en aquellas conversaciones. Llevaba años respondiendo “todo bien” cuando alguien le preguntaba cómo estaba, pero con Víctor no sentía la necesidad de hacerlo.
Quizás era porque Víctor tampoco preguntaba demasiado. Se sentaba, hablaba cuando tenía algo que contar y guardaba silencio cuando las palabras sobraban.
Dos cafés y un pastelito de guayaba
—Sin azúcar.
Samuel lo miró sorprendido.
—¿Cómo sabes que lo tomo así?
—Llevas seis domingos quejándote de que todo tiene demasiado azúcar.
Víctor sacó entonces una bolsa de papel. Dentro había dos pastelitos.
—Este es de queso y este de guayaba. Escoge.
Samuel miró el de guayaba durante unos segundos. Algo tan pequeño bastó para traerle una mañana de muchos años atrás: Clara sentada a su lado, el termo entre los dos y unas migas sobre su vestido.
—El de queso —respondió.
Víctor tomó el de guayaba.
—Mi esposa prefería ese —dijo Samuel.
Víctor dejó de comer.
Era la primera vez que Samuel mencionaba a Clara.
—¿Hace mucho?
—Cuatro años.
—Lo siento.
Samuel miró hacia el lago antes de continuar.
—Veníamos aquí juntos.
Le habló del café en el termo, de los pastelitos y de las conversaciones de domingo. También le contó que Clara cantaba mientras cocinaba y que pasaba media vida buscando los espejuelos para descubrir que los llevaba puestos.
Entonces recordé la última vez que habían ido al parque. Clara ya caminaba despacio y tuvieron que detenerse dos veces antes de llegar. Samuel quiso regresar a casa, pero ella insistió en continuar.
—Si algún día dejo de venir aquí —le dijo cuando por fin se sentaron—, promete que tú seguirás viniendo.
Samuel se lo prometió sin pensar demasiado. Dos meses después, Clara murió.
Víctor permaneció en silencio durante unos instantes.
—Mi esposa murió hace siete años.
Samuel giró la cabeza sorprendido.
—Nunca me lo habías dicho.
—Tú tampoco.
Los dos sonrieron.
—¿Venías aquí con ella?
-No. A Alicia le aburrían los parques. Le gustaban los mercados. Era capaz de pasar una mañana entera mirando frutas que después no compraba.
Samuel soltó una carcajada. Después le contó que Clara compraba plantas sin saber dónde iba a ponerlas.
Aquella mañana hablaron de sus esposas durante casi dos horas. Curiosamente, dedicaron muy poco tiempo a recordar sus últimos días. Prefirieron hablar de cómo habían vivido: sus manías, sus ocurrencias, las discusiones absurdas y aquellas pequeñas costumbres que ahora parecían enormes.
Cuando Samuel regresó a casa llamó a su hija sin esperar a que ella lo hiciera primero.
—¿Todo bien, papá? —preguntó Laura.
-Si. Estuve hablando con un amigo.
Después de colgar, Samuel se quedó mirando el teléfono. Hacía mucho tiempo que no utilizaba aquella palabra para referirse a alguien nuevo.
Amigo.
Le resultó extraño y agradable a la vez.
Cuando el banco volvió a quedar vacío
Llegó diciembre y después enero. Los domingos adquirieron una pequeña rutina: Víctor llevaba café y Samuel compraba los pastelitos. Algunos días discutían de política y prometían no volver a tocar el tema; al domingo siguiente terminaban discutiendo exactamente de lo mismo.
Otras mañanas hablaban poco. Samuel comenzó a comprender que la compañía tampoco necesitaba estar llena de palabras. Había cierta tranquilidad al saber que alguien estaba sentado en el mismo lugar cuando él doblaba por el sendero.
Una mañana de febrero llegó al parque y encontró el banco vacío. Miró el reloj: diez y cinco.
Se sentó y esperó.
A las diez y veinte sacó el teléfono. Habían intercambiado números meses atrás, aunque rara vez se llamaban.
“¿Todo bien?”, escribió.
No recibió respuesta.
Esperó otros diez minutos y decidió llamar. Víctor respondió después del cuarto tono.
—Samuel.
Su voz sonaba cansada.
—¿Dónde estás?
—En casa.
—¿Te pasa algo?
—Me desperté con dolor en la rodilla. Prefiero no caminar hoy.
Samuel sintió primero alivio y después una inesperada irritación.
—Podías haber avisado.
Víctor río al otro lado de la línea.
—¿Estabas preocupado?
—Sin exageraciones.
—Claro.
Samuel miró el espacio vacío a su lado.
—Tengo dos cafés.
—Ese sí es un problema serio.
Samuel se levantó.
—Dame tu dirección.
Media hora después estaban sentados en el balcón de Víctor. El café se había enfriado un poco, pero los pastelitos habían sobrevivido al viaje. Víctor mantenía la pierna estirada sobre otra silla.
—La próxima semana vuelvo al banco —aseguró.
—Más te vale.
Permanecieron un rato observando los edificios de enfrente. En uno de los balcones alguien regaba unas plantas; en otro, una camisa blanca se movía con el viento.
—¿Sabes qué está pensando? —preguntó Víctor.
—Eso nunca trae nada bueno.
—Cuando nos conocimos, tú querías que me fuera de aquel banco.
Samuel arqueó las cejas.
—¿Cómo sabes eso?
—Porque me mirabas como si hubiera entrado a tu casa sin permiso.
Los dos rieron. Víctor acomodó la pierna y volvió a mirarlo.
—¿Todavía te molesta que me sienta allí?
Samuel tardó unos segundos en responder.
—Ahora me molesta cuando no estás.
Víctor bajó la mirada. Ninguno sintió la necesidad de agregar nada más.
Todavía quedaba espacio
La primavera llegó temprano aquel año y el flamboyán comenzó a cubrirse de pequeñas flores rojas. Una mañana, mientras Víctor leía algunos titulares del periódico en voz alta, Samuel pasó los dedos por la placa del banco:
“Para quienes todavía saben sentarse sin mirar el reloj”.
Pensó en Clara. La seguía extrañando. Había días en que encontró algún objeto suyo dentro de un cajón y durante unos segundos sentí que cuatro años desaparecían. Algunas canciones continuaban obligándolo a detenerse.
Nada de aquello había terminado porque Víctor apareció en su vida. Tampoco quería que terminara. Clara forma parte de su historia y Samuel había dejado de luchar contra esa realidad.
Durante mucho tiempo creyó que seguir adelante significaba alejarse de ella, como si abrir espacio para algo nuevo fuera una forma de traicionar todo lo vivido. Ahora comenzaba a entender que el corazón no funcionaba de esa manera.
Víctor bajó el periódico.
—¿En qué piensas?
Samuel contempló el lago. Una pareja caminaba tomada de la mano, dos niños perseguían palomas cerca del sendero y una mujer fotografiaba las flores del flamboyán.
—En que Clara tenía razón.
—¿Sobre qué?
—Sobre venir los domingos.
Víctor ascendió y volvió a doblar el periódico. No preguntó nada más.
Samuel tomó un sorbo de café y miró el espacio que quedaba entre los dos. Durante años había pensado que aquel lugar estaba vacío porque faltaba una persona. Sin darme cuenta, había terminado creyendo que conservar ese vacío era otra manera de conservar a Clara.
Ahora sabía que no era necesario.
Algunas personas dejan un lugar que nadie podrá ocupar porque su historia permanece con nosotros. Pero eso no significa que debamos cerrar todos los asientos de nuestra vida.
Samuel volvió la mirada hacia Víctor.
—El domingo que viene me toca traer el café.
—Eso dijo la semana pasada.
—La semana pasada no cuenta.
—Claro que cuenta.
Samuel comenzó a reír. Víctor también.
Frente a ellos, el viento movía suavemente las flores rojas y algunas caían sobre el sendero. El parque seguía llenándose de personas, conversaciones y pasos.
Samuel miró una vez más la pequeña placa del banco y sonriendo.
Había cumplido la promesa que le hizo a Clara: seguía viniendo todos los domingos.
Lo que nunca imaginó fue que ella, de alguna manera, también le había enseñado a dejar sitio para quien llegara después.
***
Si esta historia te acompañó hasta el final, quizás te hizo recordar a alguien, revivir una etapa de tu vida o sentir esa nostalgia que aparece cuando una historia toca algo que también hemos vivido.
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Porque algunas historias terminan en la última página. Otros se quedan con nosotros un poco más.
