La libreta de tapas verdes: un relato sobre la memoria, la familia y el paso del tiempo

 

Mujer de 69 años leyendo una vieja libreta de recetas de su madre en una cocina cálida, junto a naranjas y una torta recién preparada.

Este relato habla de la memoria, la familia y de esos pequeños gestos que permanecen con nosotros durante años. Si disfrutas este tipo de historias, puedes seguir leyendo en Segundas Primaveras: 9 relatos para recordar.

***

Inés encontró la libreta mientras buscaba un recipiente que juraba haber guardado en el armario de arriba. A sus sesenta y nueve años seguía teniendo la costumbre de conservar frascos, fuentes y tapas de tamaños imposibles por si algún día hacían falta.

Subió al pequeño escalón de la cocina, apartó una ensaladera que no recordaba haber comprado y vio, al fondo, un paquete envuelto en un paño de cuadros. Pensó que serían cubiertos viejos, pero cuando tiró de él apareció una esquina verde entre los pliegues.

Bajó del escalón antes de abrirlo. La libreta tenía las tapas manchadas de grasa y una cinta adhesiva amarillenta reforzaba el lomo. En la portada, escrita con bolígrafo azul, había una sola palabra: Recetas.

Inés reconoció la letra de inmediato.

—Mamá —dijo en voz baja.

Se sentó a la mesa de la cocina y pasó la mano por la cubierta. Hacía más de veinte años que no veía aquella libreta. Durante un tiempo creyó que se la había quedado su hermana; después pensó que se habría perdido durante alguna mudanza y, finalmente, dejó de preguntarse dónde estaba.

Las primeras páginas estaban ocupadas por recetas escritas con una letra firme, ligeramente inclinada hacia la derecha. Había tachaduras, cantidades corregidas, manchas circulares dejadas por vasos y pequeñas observaciones en los márgenes.

“Menos sal si viene Rafael.”

“Con leche entera queda mejor.”

“A Inés le gusta con bastante canela.”

Inés sonrió.

—Eso sigue siendo verdad.

Continuó pasando las hojas. La letra cambiaba de intensidad según el bolígrafo utilizado. Algunas recetas estaban escritas con cuidado; otras parecían anotadas con prisa, como si su madre hubiera temido olvidar un ingrediente antes de llegar al final de la página.

Recordó verla muchas veces junto a la mesa de aquella cocina pequeña donde había crecido. Su madre cocinaba con el delantal doblado a la cintura y la libreta abierta lejos de los fogones para evitar las salpicaduras. La precaución había servido de poco: había manchas de aceite, restos secos de harina y una página que conservaba una huella marrón semejante a una media luna.

Inés llegó a la página treinta y dos y dejó de pasar hojas.

Torta de naranja.

Toma macro de una receta escrita a mano en una libreta de cocina antigua, mostrando una caligrafía firme y madura, con manchas de grasa y uso que sugieren que es una libreta de cocina real.Debajo aparecía la lista de ingredientes: harina, huevos, azúcar, mantequilla y dos naranjas grandes. Luego venían las instrucciones. La primera decía: “Rallar solamente la parte naranja”.

Inés leyó la frase dos veces. Esa receta la conocía o, al menos, la había conocido.

Su madre preparaba aquella torta algunos domingos. No tenía que celebrarse nada; bastaba con que hubiera buenas naranjas en casa. Inés había aprendido a hacerla cuando tenía veintitantos años y durante una época la preparó con frecuencia, sobre todo después de casarse.

Con el tiempo llegaron el trabajo, los niños, los horarios y una sucesión de comidas prácticas que fueron desplazando ciertas recetas hacia los días especiales. Después, incluso los días especiales dejaron de ser motivo suficiente.

La última vez que había preparado aquella torta fue junto a su madre. Recordaba incluso la conversación.

Inés tendría poco más de cuarenta años y había llegado a casa de sus padres con prisa. Tenía que recoger a uno de sus hijos, pasar por el supermercado y terminar un trabajo antes del lunes. Su madre estaba rallando naranjas.

—Ayúdame un momento.

—Mamá, hoy no puedo quedarme.

—Cinco minutos.

—Tus cinco minutos nunca son cinco minutos.

Su madre había levantado la vista con aquella expresión que Inés conocía perfectamente.

—Entonces vete.

Inés se quedó. Prepararon la torta casi sin hablar y, antes de marcharse, su madre envolvió dos pedazos en papel de aluminio y se los metió en el bolso.

—Para los niños.

—Mamá, tienen comida de sobra.

—Entonces te los comes tú.

Inés recordó haber salido de la casa molesta por algo que, tantos años después, ni siquiera sabía explicar. También recordó que aquella noche se había comido uno de los pedazos de pie, frente al fregadero.

Tres meses más tarde, su madre enfermó. Nunca volvieron a preparar la torta juntas.

Inés cerró la libreta y miró el reloj. Eran las once y veinte de la mañana. Tenía otros planes para el sábado: quería ir al mercado, pasar por la biblioteca y comprar unas macetas para el balcón.

Guardó la libreta dentro del paño, pero apenas unos segundos después volvió a sacarla.

—Qué tontería —murmuró.

Abrió la despensa. Tenía harina y azúcar. En el refrigerador encontró cuatro huevos y mantequilla. Le faltaban las naranjas.

Veinte minutos después regresaba del supermercado con una bolsa en la mano. Colocó todo sobre la mesa y abrió nuevamente la libreta por la página treinta y dos.

La receta parecía sencilla hasta que empezó a seguirla.

“Un vaso pequeño de azúcar.”

Inés frunció el ceño.

—¿Qué vaso, mamá?

Buscó alguna aclaración en los márgenes, pero no encontró nada. Sacó tres vasos del armario y los puso uno junto al otro. Ninguno parecía especialmente pequeño, así que eligió el mediano.

Luego llegó otra instrucción: “Harina, la que admita”.

Inés soltó una carcajada.

—Claro. Muy preciso.

Durante años había cocinado con recetas que indicaban gramos, minutos y temperaturas exactas. Había olvidado aquella forma de cocinar en la que una masa estaba lista cuando tenía “buena cara” y un guiso necesitaba agua hasta que “pidiera suficiente”.

Mujer mayor rayando una naranja con cara de concentración
Comenzó a rallar las naranjas. El olor llenó la cocina casi de inmediato y entonces ocurrió algo que no esperaba: sus manos recordaban movimientos que su cabeza había olvidado.

Giró la naranja sobre el rallador sin acercarse demasiado a la parte blanca. Partió los huevos golpeándolos suavemente contra el borde del recipiente y batió la mantequilla con el azúcar hasta que la mezcla perdió el tono amarillo intenso.

No estaba siguiendo únicamente las instrucciones. Había gestos que venían de más atrás, aprendidos quizá en tardes a las que nunca había prestado demasiada atención.

Cuando añadió la harina, la masa quedó demasiado espesa. Inés volvió a mirar la página y descubrió, en la esquina inferior, una frase casi borrada que no había visto antes: “Si queda pesada, un poquito de leche”.

Negó con la cabeza.

—Eso sí lo podías haber puesto arriba.

Añadió leche y la masa cedió. Después engrasó un molde, vertió la mezcla y la introdujo en el horno. Lavó los utensilios, secó la mesa y guardó los ingredientes intentando respetar el tiempo de cocción sin abrir la puerta.

Durante los primeros quince minutos se obligó a no mirar. A los veinte, encendió la luz del horno y vio que la torta había subido más de un lado que del otro.

—Perfecto —dijo—. Empezamos bien.

A los treinta minutos, la parte superior estaba demasiado dorada. La sacó apresuradamente y clavó un cuchillo en el centro. Salió húmedo.

—No puede ser.

Volvió a meterla en el horno y cinco minutos después repitió la prueba. Esta vez el cuchillo salió limpio.

Inés dejó el molde sobre la encimera y lo observó como quien espera el resultado de un examen. La torta estaba ligeramente torcida, con una pequeña grieta en el centro y un borde más oscuro de lo que recordaba.

La de su madre nunca tenía grietas. O quizá sí. Inés se dio cuenta de que llevaba décadas recordando una torta perfecta.

Esperó a que se enfriara y preparó café. Cuando por fin cortó un pedazo, el aroma a naranja volvió a extenderse por la cocina. Se sentó a la mesa con el plato delante y tardó varios segundos en probarlo.

Había imaginado ese momento de otra manera. Esperaba reconocer inmediatamente el sabor. Pensaba que el primer bocado traería de vuelta aquella cocina, la voz de su madre, las tardes de domingo y quizá alguna emoción grande que justificara tantos años de evitar la receta.

Masticó despacio.

Estaba buena, pero no sabía igual.

Probó otro pedazo. Le faltaba algo. Tal vez más ralladura, quizá había usado demasiada azúcar. La textura tampoco era exactamente la que recordaba.

Dejó el tenedor sobre el plato. Sintió decepción, seguida de una idea que le molestó aún más: tal vez había olvidado el verdadero sabor.

Miró la libreta. Durante años había guardado ciertos recuerdos como si fueran fotografías: su madre haciendo la torta, la mesa de la infancia, el olor de las naranjas, ella entrando y saliendo de aquella cocina con prisa.

Todo parecía permanecer intacto mientras nadie lo tocara.

Se levantó y cortó un segundo pedazo. Esta vez no intentó compararlo.

Estaba húmedo en el centro, crujiente en los bordes y tenía un sabor intenso a naranja. Había quedado un poco más dulce de lo que le gustaba ahora.

—La próxima vez, menos azúcar —dijo.

Se quedó quieta unos segundos. Había dicho “la próxima vez” sin pensarlo.

Volvió a sentarse y abrió la libreta por la página treinta y dos. Buscó un espacio vacío debajo de las instrucciones, justo después de la última frase escrita por su madre, y tomó un bolígrafo del cajón.

Lo acercó al papel, pero se detuvo. Durante unos segundos sintió que escribir allí era una especie de falta de respeto. Aquella era la letra de su madre, sus recetas, sus anotaciones, y durante más de veinte años la libreta había sobrevivido sin que nadie añadiera una sola palabra.

Inés escribiendo sus propias notas en la libreta, sentada a la mesa, con el bolígrafo en la mano, una taza de café y un trozo de torta cerca.
Retiró el bolígrafo y tomó otro sorbo de café. Después volvió a cogerlo.

Escribió:

“En mi horno, 35 minutos. Probar con menos azúcar.”

Observó su letra debajo de la de su madre. Eran completamente distintas: la de arriba era inclinada, estrecha y firme; la suya, más redondeada y grande.

Inés pasó el dedo cerca de ambas, con cuidado de no manchar la tinta reciente. Luego añadió:

“Dos naranjas grandes siguen estando bien.”

Cerró el bolígrafo y sonrió.

A media tarde guardó el resto de la torta en un recipiente. Limpió la encimera, puso las tazas en el lavavajillas y recogió el paño de cuadros donde había aparecido la libreta.

Estuvo a punto de envolverla otra vez, pero cambió de idea. La colocó en el estante donde guardaba los libros de cocina que utilizaba con frecuencia.

Antes de cerrar la puerta del armario, volvió a abrirla por la página treinta y dos. Allí seguían las instrucciones de su madre.

Debajo, todavía fresca, estaba la letra de Inés.

***

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