Elena llevaba ocho meses cocinando en una sartén demasiado grande.
Cada noche colocaba la misma sartén sobre el fuego, vertía unas gotas de aceite y preparaba un huevo. La clara se extendía por el fondo como si buscara algo que no estaba, y Elena inclinaba el mango para obligarla a quedarse cerca de la yema.
En el armario había otras ollas, pero ninguna sartén más pequeña. Durante treinta y siete años no habían necesitado otra. Aquella servía para las tortillas de los domingos, para freír pescado cuando venían sus hijos y para preparar los huevos con cebolla que Andrés pedía después de trabajar en el jardín.
Ahora ocupaba casi toda la hornilla para cocinar un solo huevo.
Elena lo colocaba sobre una rebanada de pan y cenaba en la mesa de la cocina. Al principio ponía un plato delante y otro frente a ella, por costumbre. Un día guardó el segundo, pero dejó el mantel individual en su sitio.
No le molestaba verlo allí. Le molestaba más la idea de quitarlo.
Los sábados, su hija Lucía llegaba cerca del mediodía. Abría las ventanas, revisaba las plantas del balcón y encontraba alguna tarea que realizar aunque Elena le recordara que podía hacerla sola.
—No vine a inspeccionarte —decía Lucía.
—Pues disimulas muy bien.
Aquella respuesta solía hacerlas reír. Después preparaban café y hablaban de los nietos, del trabajo de Lucía o de alguna vecina que ninguna de las dos conocía demasiado, pero cuya vida comentaban con sorprendente interés.
Un sábado, Lucía abrió el armario buscando una olla y vio la sartén.
—Mamá, esto pesa muchísimo.
—Siempre ha pesado lo mismo.
—Pero ahora cocinas para ti. Deberías comprar una más pequeña.
Elena continuó cortando un tomate. Lo dividió primero en dos mitades, luego en rodajas del mismo grosor.
—Esta todavía sirve.
—No digo que no sirva. Digo que una pequeña sería más cómoda.
—No necesito llenar la cocina de cacharros.
Lucía sostuvo la sartén unos segundos y volvió a guardarla. No insistió, aunque antes de cerrar el armario miró el resto de las ollas: la cazuela alta para los espaguetis, la fuente de horno, la cafetera de seis tazas.
—¿Qué pasa? —preguntó Elena.
—Nada.
Elena dejó el cuchillo junto al tomate.
—Entonces no pongas esa cara.
Lucía cerró el armario con cuidado.
—Solo me preocupa que estés comiendo bien.
—Como perfectamente.
—Un huevo con pan no es cenar perfectamente.
—Anoche también comí tomate.
Lucía respiró por la nariz y llevó la sartén al fregadero. La conversación terminó allí, pero durante el almuerzo ambas hablaron con una amabilidad excesiva, como si caminaran alrededor de algo que se había roto en el suelo.
Antes de marcharse, Lucía abrazó a su madre.
—No quiero organizarte la vida.
—Ya lo sé.
—Solo quiero que estés bien.
Elena le acomodó un mechón de cabello detrás de la oreja, un gesto que conservaba desde que Lucía era niña.
—Estoy aprendiendo —dijo.
Lucía pareció dispuesta a preguntar qué significaba aquello. En lugar de hacerlo, tomó el bolso y prometió llamar al llegar a casa.
Esa noche Elena sacó la sartén grande. Mientras esperaba que el aceite se calentara, recordó la última vez que Andrés había cocinado.
Fue un domingo de noviembre. Todavía se movía por la casa sin ayuda, aunque necesitaba sentarse después de cualquier esfuerzo. Elena estaba poniendo la mesa cuando escuchó el golpe metálico de una cuchara contra el suelo.
Lo encontró apoyado en la encimera, con una mano sobre el pecho.
—Déjalo —le dijo ella—. Yo termino.
—Todavía sé hacer una tortilla.
—Nadie ha dicho lo contrario.
—Tu cara lo está diciendo.
Andrés consiguió darle la vuelta sin romperla. La tortilla quedó más dorada por un lado y casi cruda por el otro, pero él la llevó hasta la mesa con la satisfacción de quien presenta una obra maestra.
—A ver si mañana te acuerdas de esta —dijo.
Elena se acordaba.
Apartó la sartén del fuego y deslizó el huevo sobre el pan. Aquella noche llevó el plato hasta la sala y cenó frente al televisor. El mantel de Andrés permaneció en la mesa, limpio y perfectamente alineado con el borde.
Durante las semanas siguientes, Elena empezó a cocinar otras cosas. Preparó sopa de verduras y congeló cuatro porciones. Hizo arroz con pollo y compartió una parte con Carmen, la vecina del segundo piso. Incluso volvió a encender el horno para asar dos pimientos.
La sartén grande continuó sobre la hornilla cada noche.
Una mañana encontró un anuncio del supermercado debajo de la puerta. En la última página aparecían varios utensilios de cocina. Entre ellos había una sartén de veinte centímetros con mango rojo.
Elena dobló el anuncio sin mirar el precio y lo dejó junto al teléfono. Dos días después lo tiró a la basura. Aquella misma tarde volvió a sacarlo para envolver unos restos de comida y la imagen reapareció frente a ella.
Era una sartén corriente. No tenía nada de especial.
Elena dobló otra vez el papel, esta vez por la página donde aparecía el anuncio, y lo guardó en el cajón de las servilletas.
El viernes fue al supermercado. Compró leche, tomates, pan, café y una bolsa de mandarinas. Antes de dirigirse a la caja pasó por el pasillo de los utensilios domésticos.
La sartén estaba colgada entre un colador y una olla de aluminio. Era más pequeña de lo que parecía en la fotografía. Elena la tomó por el mango y calculó su peso con un movimiento de la muñeca.
—Esa es buena para una persona —dijo una mujer que examinaba unos recipientes de plástico.
Elena dejó de mover la sartén.
—También caben dos huevos —añadió la mujer.
—Uno es suficiente.
La desconocida asintió y siguió buscando tapas que coincidieran con los recipientes. Elena comprobó el precio y volvió a colgar la sartén.
Avanzó unos pasos con el carrito. Se detuvo delante de una estantería de manteles, miró las cajas de la parte superior y regresó.
Colocó la sartén encima de las mandarinas.
En la caja automática escaneó primero los alimentos. Dejó la sartén para el final. Cuando apareció el precio en la pantalla, mantuvo una mano sobre el mango mientras buscaba la tarjeta dentro del bolso.
En casa guardó la leche, el café y las verduras. Sacó la sartén de la bolsa, leyó las instrucciones y retiró la etiqueta del fondo. Después abrió el armario.
La sartén grande estaba apoyada contra una olla. Elena sostuvo la pequeña junto a ella y, durante unos segundos, observó la diferencia entre las dos. Luego volvió a meter la nueva en la bolsa y la dejó en el estante inferior.
Pasaron cuatro días.
El martes por la noche, Elena abrió el refrigerador. Había medio tomate, un recipiente con sopa y seis huevos. Sacó uno, tomó el pan y colocó la sartén grande sobre la hornilla.
Cuando encendió el fuego, la llama rodeó el fondo ennegrecido. Elena buscó el aceite y se quedó con la botella suspendida sobre la sartén.
Apagó la hornilla.
Abrió el armario, retiró la bolsa del estante inferior y sacó la sartén pequeña. La lavó, la secó con un paño y la colocó sobre el fuego. Encajaba en la hornilla sin sobresalir por los lados.
Vertió unas gotas de aceite. Al romper el huevo, la clara ocupó casi todo el fondo y se detuvo en los bordes. Elena ajustó la llama, añadió una pizca de sal y esperó.
El huevo comenzó a chisporrotear.
El sonido era más bajo que en la sartén grande. Elena permaneció frente a la estufa con la espátula en la mano, observando cómo la clara se volvía blanca desde afuera hacia el centro. Durante un instante sintió el impulso de apagar el fuego y guardar aquella sartén en el lugar más apartado del armario.
En cambio, inclinó un poco el mango y dejó que el aceite rodeara la yema.
Cenó en la mesa de la cocina. El huevo conservaba los bordes dorados como le gustaban, y el pan no se había humedecido. Cuando terminó, llevó el plato al fregadero y lavó la sartén.
Después abrió el armario.
No retiró la grande. La colocó al fondo, junto a la fuente que utilizaba cuando venían sus hijos, y dejó la pequeña delante.
El domingo, Lucía llegó acompañada por su marido. Habían comprado pan fresco y querían quedarse a desayunar.
—No avisaste —dijo Elena.
—Para que no te pusieras a cocinar desde las siete de la mañana.
—¿Y quién te ha dicho que iba a cocinar?
Lucía dejó el pan sobre la mesa y abrió el refrigerador.
—¿Tienes huevos?
Elena señaló el armario.
—Saca la sartén.
Lucía abrió la puerta y vio la pequeña en primera fila. La tomó por el mango, pero no dijo nada. Se limitó a mirar a su madre.
—Esa no —dijo Elena—. Somos tres.
Lucía apartó la sartén pequeña y sacó la grande. Elena puso café para todos, cortó el pan y preparó los huevos con cebolla como los hacía Andrés.
Después del desayuno, lavó las dos sartenes. Esperó a que se secaran y las guardó juntas: la grande al fondo y la pequeña delante, cada una ocupando su lugar.